Llevaba puesta un desvencijado pantalón de mezclilla, un par de estropeados tenis y una etérea blusa de gaza blanca con pequeños puntos blancos y un tierno cuello de bebé.
Caminaba cabizbaja con las manos en los bolsillos del pantalón, contando sus pasos, cuando de pronto sin pensarlo chocaron frente a la vieja revistería dónde años atrás se habían dado su primer beso, ese beso que les hizo perder la noción del tiempo, del lugar, del dolor.
Se disculparon, pero cuando se miraron a los ojos vieron lo mucho y a la vez lo poco que habían cambiado tantos años después.
Ella estaba más hermosa que nunca, sus ojos aunque algo tristes irradiaban dulzura, su gran característica, sus ojos dulces de color café, al mirarla una vez más con su amplia y maravillosa sonrisa dejando ver su perfecta dentadura, él se perdió una vez más.
Él se veía más maduro, con esa camisa celeste de diseño italiano, pantalones color caqui, pero cuando ella miró sus pies se dió cuenta que él no había cambiado mucho, seguía usando convers negros de calzado y de nuevo sintió las viejas mariposas revoloteando.
Ella se pasó algo de cabello detrás de la oreja y sonrojada saludó - ¿Ha pasado tanto tiempo?
Y con una sonrisa de lado él le contestó -!Es verdad¡
Y sin más que agregar cada quién siguió su camino.
Él también lo sintió, a él no le respondían las piernas, le temblaban como hojas en otoño las rodillas.
Aún se amaban. Pero en ésta vida el destino tenía otros planes.
Ambos giraron una vez más para mirarse, un pequeño saludo inclinando un poco la cabeza para seguir nuevamente.
Ella se encontró a su esposo y lo abrazó tan fuerte como pudo, ella sabía que si ahora no lo hacía correría a sus brazos.
Él se encontró a sus amigos y con una sonora carcajada trataba de ocultar sus ganas de besarla, una vez más.
A veces el destino nos forja el temple, al reencontrarnos con viejos amores.
viernes, 9 de noviembre de 2018
La vieja revistería.
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