Eran las 23:45 cuando la llamaron, era el momento de salir, revisó cada rincón de su casa, controlando que todo estuviera perfectamente en quietud, ella sabía por dónde salir de casa sin que nadie lo supiera. La claraboya en el cuarto del medio de la casa era la salida perfecta.
Tomó su disfraz una vez más, su peluca negra, larga, un pantalón de mezclilla negro, unos calzados deportivos all star negro. Había tomado clases de maquillaje para disfrazar su verdadero oficio.
Lillian agarró el arma que le habían dado, conocía cada perímetro en su pequeño pueblo y se había hecho de una reputación de joven emocionalmente inestable, pero jamás nadie imaginaría lo que ella oculta bajo esa personalidad tan frágil.
Escapó una vez más de casa por unas horas.
Traía en el bolsillo del pantalón la fotografía de su objetivo. Hoy le habían dado la señal, tenía que hacerlo, si lograba conseguir los documentos que incriminen al consejal del pueblo, podría recibir mucho dinero y otros beneficios.
Se dirige con cuidado al encuentro con el viejo consejal, un hombre de mirada lasciva, cabello crespo, gordo de dientes amarillentos, producidos por su hábito de fumar. Un auto la esperaba a una distancia prudencial, el político del pueblo pensaba que había conquistado a una ingenua muchacha pobre, no sabía el cretino que era él el ingenuo.
Abre la puerta del auto con una pequeña sonrisa de triunfo y una palabra soez intentando encender el ambiente para, según él, la ingenua conquista.
-Te ves ardiente en esos pantalones, me muero por arrancartelos con los dientes - exclama y toma con una mano un trasero de Lillian.
-Espero puedas conmigo- fue la fría respuesta, asqueada de Lillian.
El hombre la agarra por el cuello y le planta un beso.
Ella contiene el aliento para no vómitar durante ese asqueroso beso francés.
Para acelerar el proceso de deshacerse del vejestorio, procede a frotar sus partes íntimas, el hombre pierde el aliento y ya no la puede besar.
Pudo safar por el momento.
El hombre necesita comprar un potenciador para poder, según su propio criterio, hacerla morir de placer.
Al bajar a una droguería, Lillian procede a buscar el documento dentro del auto.
-Diablos, dónde lo puso?
-No quiero llegar con él a ese motel de mala muerte.
El viejo vuelve al vehículo y emprenden camino de nuevo.
Ya en el motel, Lillian procede a usar un somnífero en la bebida.
Pero el hombre no es tonto, ella necesita ser más astuta. Ella pide una bebida y le pide a él que los sirva, exponiendo sus senos.
El hombre accede ante el bamboleo hipnótico de sus pequeños pechos.
Mientras lo acuna en sus pechos ella tira dos pastillas de somníferos en la bebida del hombre.
Lillian da una pequeña risa de victoria.
Empiezan a beber y entre caricias y caricias el hombre duerme profundamente.
Vuelve al auto del hombre a buscar los documentos.
Por fin los encontró, en un sobre marrón debajo del asiento del conductor.
Los abre y encuentra la lista que le habían pedido.
Empieza a sacar fotografías a los documentos y los manda a la dirección que le dieron.
Vuelve al cuarto, pide un taxi para retirarse, no sin antes dejar una amable nota a su amante, quita un preservativo usado de su bolsillo y lo tira en el piso de la habitación y saca uno del paquete que compró el hombre junto con las pastillas de viagra.
En la mesa deja una nota que decía "Muchas gracias por amarme esta noche, honorable consejal, me hizo el amor como ningún hombre lo ha hecho" escribió la nota ahogada en risa. Ajustó muy bien su arma al tobillo se puso la remera y salió, tomó un taxi y volvió a casa.
No tuvo que matar a nadie, no tuvo que ofrecer su cuerpo, pero toda una institución caería por su intromisión.
Volvió a su casa, entró por el mismo lugar que había usado para salir, escondió su disfraz, se quitó el maquillaje y la peluca, guardó las fotos en la nube y eliminó el chip del celular que usaba para ponerse en contacto con el cliente.
Una vez más su trabajo había terminado.
Podría por fin dormir, pero, el asco que sentía al recordar las caricias del miserable que la tocó no la dejaban dormir.
En la mañana, con el sol levantándose por el este, como es costumbre en el pueblo, unas señoras se acercan a la madre de Lillian a preguntar por su hija, cuestionando si la que salió en la madrugada era la pobre chica desorientada. La madre entra a la casa y encuentra durmiendo a su niña en perfecta paz al lado suyo un libro religioso. No, jamás sería su hija. Despierta a su hija quién con los ojos entrecerrados acepta salir a ver a las preocupadas vecinas, entre murmuros las vecinas se cuestionan, al verla con su melena corta y sin accesorios, sí era o no era la hija de la devota mujer.
Cuando Lillian vuelve a entrar ahoga una risa de triunfo una vez más.
lunes, 12 de noviembre de 2018
Asesina a sueldo o detective privado?
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